
En los bosques del norte, donde los robles tenían más años que todas las abuelas del clan juntas, vivía una muchacha llamada Siobhan.
Siobhan quería ser druida. Pasaba las tardes sentada a los pies de los sabios, aprendía el nombre de cada planta y, por las noches, se quedaba despierta escuchando cómo hablaban los árboles cuando soplaba el viento.
Aquel año la cosecha había sido pobre, y en la aldea se hablaba poco, que es lo que pasa cuando hay hambre.
Una mañana de niebla, Siobhan subió sola al círculo de piedras de la colina. Al pie de la piedra más alta, medio enterrada en la hierba mojada, asomaba una tabla de piedra gris. En el centro tenía tallado un
trisquel: tres espirales que nacían del mismo punto y giraban hacia fuera, como si quisieran echar a andar.
Siobhan apartó el musgo con los dedos. Alrededor del trisquel había palabras.